Sócrates
mi viejo
¿qué culpa
tenemos
los de
ahora
de que Jantipa
te tratara
así
aquella mañana
y que luego
en la plaza del
mercado
le espetaras
al fastidioso de Platón
“sólo sé que no
sé nada”?
¿Es que no había
otra manera
de sacárselo de
encima
dada
tu necesidad
de rumiar
a gusto
tu rabia
y soledad?
Yo bien sé
por experiencia propia
qué se siente
andar pensando
qué
le vendo
a quién
para obtener
el alquiler
que se vence
y comprendo
tu impaciencia
mientras
escogías
la suela
para un encargo
de sandalias
de tener
que soportar
a un importuno
ocioso
joven
rico
discípulo
preguntando
“Maestro
¿por
qué esto?
Maestro
¿por qué lo otro?”
y que si las
ideas para acá
y que si las
esencias para allá
y que si el alma
y que si sería
mejor
la carne de res
a la de cerdo
mientras
le mirabas
de reojo
recordando
las gachas de harina de
trigo
que te esperaban
de almuerzo
y tu ropa
crecientemente raída
y sin esperanza
de cambiarla.
Entonces
maquinaste
tu pequeña
venganza
y le lanzaste tu
sentencia
observando
con mal disimulada
satisfacción
cómo se quedaba
cortado en su
discurso
y con la boca
abierta
sin saber
toda la jerigonza
que armaría con
ello después.
Sin duda
influyó
que el sol
era una abeja
furiosa
en tu cabeza
semicalva
te dolían los
pies
y tenías muchas
ganas de orinar
y regresar
rápido a casa.
Así
que preferiste
jugar de Esfinge
y trasladarnos
la lata
de los
metafísicos
con aires de
revelación
lo cual
fue una manera
muy fea de
embromarnos
pues ha sido
duro
cruzar
el tupido bosque
de
palabras
y llegar
a la simple
y sudorosa
vida
y a las cosas
naturales
y
concretas
todo vinculado
y en continua
mutación.
Veinticinco
siglos
por Jantipa
para
recién
llegar al nivel
de tu lacónica
expresión
de sabio de
pueblo.
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