“Cuando
pienses en Beethoven
piénsalo en su casa
sentado
defecando”
le decía a un amigo
adolescente iconoclasta
que
era yo
pero ya desde entonces
no era tanto irreverencia
como amor
pues mis recuerdos de niño me remontan
con mi padre haciendo acompañar
la hora del almuerzo
cada
día
con el “concierto del mediodía”
sintonizado
en el viejo radio Zenith
de tubos
y el alma
creciendo
poco
a
poco
a impulso
de ese fuego
musical
interior.
Simple
hubiese resultado
compartir la exaltación
por
el músico
convertirlo
en una especie de
semidiós
y de paso
esfumar
su mérito
pues en tal condición
su obra hubiera sido
fácil
sin más.
Beethoven en el inodoro
nos devuelve al
hombre
con todas
sus fragilidades
con todas
sus limitaciones
y precisamente
grande
por haberlas
trascendido.
Con su creciente sordera
su cabeza
recinto
de acústica infinita
alimentado
en la memoria
de los tonos
de cada instrumento
cada nota
enfrentado
con la soledad
básica
del genio
en su creación.
Creciente
soledad
cuanto más se
escala
los iguales
cada vez menos
reducido
el diálogo
de
confrontación
a la sola voz
de la interioridad
y la conciencia
de ser pionero
avanzar
dando
pasos
en
la
oscuridad.
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