Tan lejano y
tan cerca
aquel que
cortaba la pasión
eterna
de la
abeja
haciendo ramos
por el placer
simple
de hacer ramos
aquel que
acechaba
para saber
diferenciarlos
los nítidos
dardos
de canto
cazando
mariposas
y tratando
de cazar libélulas
probando la
fruta salvaje
y el agua de cauce
deambulando
adivinados
senderos
sin objeto
de su pequeña selva
móvil
como un pez
o una
gacela
al aire
arrojando piedras
extasiado de
verdor
escondido
quieto
mirando pasar
como si nada
el drama
de los insectos
como fuente de
vida siempre nutriente
aquel niño
asombroso sentido.
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