Oye
tú
miembro
de la raza
pálida
de la televisión
sacude
tu remanso
entrega
dos minutos
de tu
tiempo
—los de los
anuncios
dentro
de programas—
desde
la burbuja
hipnótica
de la pantalla
rompe
y emerge.
Ahora
eres
actor
directo
de la serie
La violencia
en vivo
a la que
asistes
supera
“los mejores espectáculos
de todos los
tiempos”
de
Hollywood.
El tatuaje
de hambre
que
decora
el cuerpo
de los más
en
América Latina
deja corto
el mejor maquillaje.
Las lágrimas
de nuestros niños
y madres
y hasta
las duras
lágrimas
de nuestros hombres
de pelo
en pecho
son más decidoras
que el más perfecto
gesto
actoral.
Ya no es sangre pintada
con rojo
vegetal
número dos
la que ves
en las víctimas
de los guardaespaldas
del Gran Capital.
Y no necesitarás
que te cuenten
de Mi-Lai
en Viet-Nam
porque
todos
los días
puedes
asistir
a la práctica
de una aldea
arrasada
en el Salvador
o Guatemala.
La especulación
con los
alimentos
la entrega
del territorio
a
bajo alquiler
y
la venta
de su sangre mineral
por un
plato de lentejas
se diga en los diarios
o en el
rumor popular
son un drama
realista
de
gran calidad
sobre
el perfecto
cinismo
democrático
pulido
incesto
por el paso
de las aguas
cotidianas
entre
los caciques
del comercio
de la industria
y de la empresa
electoral.
La mejor película
del genocidio nazi
sobre los
judíos
aun si nos conmueve
aun si nos arranca
la merecida
condena
nunca nos hará vibrar
tan
dolorosamente
como los episodios
de la serie
inacabable
del espolio
y exterminio
continuados
del indio americano.
Ningún
trucaje
electrónico
o de cartón piedra
hay en los combates
que hoy
se
libran
en Centroamérica
y nuestro argumento sobrepasa
el de la mejor versión
sobre la Revolución Francesa.
Y ahora
perdona
te quitamos más tiempo del previsto.
Humildemente
no sabemos
si logramos
llegar
a tu
conciencia
con más fuerza
que el anuncio
de las aguas negras
que refrescan.
Acaso
en este
pestañear
que nos has otorgado
haya
una Nicaragua
que
alcance
a ser tu piedra de toque
por la paz
en el planeta.
Te devolvemos
según quieras
el control
del televisor
o bajo el control
del manipulador
de tu conciencia.
En todo caso
y si persistes
el recuerdo de multitud
de
pueblos
en el Atlas
turbará
sin remedio
tu
disfrute
de “Dallas”
—el programa—
al cabo
que hasta en eso
pobre
reflejo
de lo real
resulta
la maldad
de J. R.
frente
al villano
de la Casa
Blanca.
Debe ser por la R.
Doble R.
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