Atormentado es
el mar.
Sísifo de las
arenas.
¡Oh, tan estéril
quehacer!
¡Líquida
futilidad!
No engaña
su ira
tempestuosa,
monstruo de
múltiples crestas
ni su desdeñosa
calma chicha
imperturbable
a toda invectiva.
Y ni siquiera
su primigenio
parto de la vida.
Inerte él mismo,
informe,
esclavo del
idiota
capricho de los vientos,
sumiso seguidor
de la luna,
atrapado en su
cuenca de ojo insomne
hasta que el sol
disponga de él
y de todos nosotros
(sus prolongaciones
distantes)
como parte de la
nova.
Le miro sin piedad.
Ilusionista barato
de enamorados y
de poetas.
Balbuceador interminable.
Siendo su descendencia
nos heredó el
sinsentido.
Somos su oleaje proyectado.
Una muy pequeña
venganza
personal nos queda:
ser su
observador y testigo,
porque,
por encima del
inmenso absurdo,
improbable isla,
al fin nos queda
la conciencia.
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